Un día en el que conviene ser incrédulo

El Times anunció el fin de la guerra en Irak.
El mundo perdió la inocencia, imposible precisar el día, pero muchos de los que vivimos en él persistimos en algunas creencias.
Ya no hay mucho en qué creer, aunque la crisis haya devuelto el rebaño a las iglesias.
Muchos vuelven a recordar que creían en Dios, o más o menos. También creen en Barack Obama casi como en un salvador, como en alguien con el carisma necesario para imponerse a la situación, capaz hasta de resucitar a los muertos.
No deja de ser una muestra de inocencia que los estadounidenses crean que no tienen que cambiar, que van a volver a ser los mismos de siempre, que son los mismos de siempre. The New York Times y la cadena NBC dieron cuenta del retorno de la fe (evangélicos, católicos y protestantes). “Tenemos que aprovechar el momento”, dijo un reverendo de Nueva York. “La gente está perdiendo su trabajo y están respondiendo a la puerta”, agregó.
La clase media norteamericana es inocente. Pero en Estados Unidos, como en Gran Bretaña, se lo llama Día de los Tontos, y se celebra el 1º de abril.
La historia. En la mayoría de los países hispanos se conmemora el 28 de diciembre, como episodio histórico o relativo a la vida de los santos del cristianismo.
Fue el día en que se cumplió la orden de Herodes de matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús.
Todo empezó con tres sacerdotes magos que querían honrar al Mesías que había nacido. Vivían más allá del río Eufrates.
Eran hombres sabios astrólogos que habían adivinado que un alma maestra había nacido. Su estrella estaba sobre Belén, pero ellos no lo sabían, sólo la veían en el oeste, cerca de Jerusalén. Ansiaban verlo, tomaron regalos y emprendieron el camino hacia allí. Cuando llegaron a Jerusalén la gente se sorprendía de sólo verlos, con sus atuendos y sus camellos. “¿Quiénes son? ¿A qué vienen?”, se preguntaban.
Y ellos, que eran sociables y pacíficos, contestaron que venían a ver a quien había nacido rey.
A Herodes no le habían gustado nada los comentarios que se habían despertado en las calles. Mandó llamar a los magos. Y cuando estos estuvieron frente a él, le preguntaron inocentemente: “¿Dónde está el que ha nacido rey?”. Imaginen la cara de Herodes. Entonces, éste pidió más precisiones. “Desde más allá del Eufrates vimos levantarse su estrella y vinimos a honrarlo”, dijeron.
Herodes se puso más nervioso todavía, cuenta la historia. De inmediato, el rey de los judíos, bajo el dominio del César, pensó en una conspiración. “Voy a averiguar sobre ese niño. Quédense unos días y les diré todo sobre él.”
Llamó a su gabinete y les pidió que le dijeran todo lo que supieran de lo que habían dicho los profetas judíos acerca del asunto. Eso es lo que dicen que hizo. Los sacerdotes le dijeron que las profecías decían que nacería el Mesías en Belén.
Miqueas, varios siglos antes, había predicho que ese niño gobernaría las tribus de Israel.
Herodes, que quería saber más, llamó de nuevo a los magos y les dijo que había nacido en Belén, que si lo encontraban, le avisaran, porque que él también quería honrarlo. Los magos se fueron con sus camellos a Belén y encontraron a Jesús en su pesebre con María y José.
Les dieron los regalos que traían para el niño y les aconsejaron que se fueran lejos, porque Herodes –eran magos adivinos– quería matar al niño.
Después siguieron su camino hacia casa, y José y María tomaron al niño Jesús y se fueron para Egipto, al lugar donde habían vivido Eliú y Salomé.
La matanza. Pasaban los días, los magos no regresaban y Herodes se ponía impaciente. Agitado por los rumores, dio oídos a lo que decía la gente. Los cortesanos le contaron que también se decía que había nacido otro niño en Belén que se llamaba Juan y sería el bautista del Mesías.
Se salió de sus casillas y ya no pudo soportar las habladurías que socavaban su poder. Pensaba que lo querían derrocar. “¿Cómo es eso que ha nacido un rey?” Entonces les ordenó a sus guardias que mataran a dos niños, uno se llamaba Jesús y el otro se llamaba Juan.
Pero confuso y con temor a que cometieran errores con la identificación de los pequeños, fue más terminante. “Maten a todos los varones menores de dos años. Nadie puede seguir viviendo si reclama mi trono.”
Los guardias fueron a Belén con la firme idea de cumplir las órdenes debidamente.
Isabel, la madre de Juan, no sabía que Herodes quería matar a su hijo, pero apenas se enteró se fue para las colinas, a pocos kilómetros de allí. Contaba con una pequeña ventaja: conocía algunas cuevas secretas y en una de ellas se escondió.
Cuando los guardias terminaron su matanza, volvieron a Jerusalén y le contaron al rey Herodes cómo había sido todo. “Estamos seguros de haber matado al niño Mesías, pero a Juan no pudimos encontrarlo.” Se enfureció tanto que empezó a darles patadas a sus soldados.
El padre de Juan era Zacarías, un sacerdote conocido por todos. Así fue que Herodes mandó a la guardia a que le preguntara dónde estaba su hijo. Zacarías no lo sabía. Los guardias fueron y vinieron con preguntas y amenazas de Herodes, hasta que en uno de esos viajes, un soldado lo traspasó con su daga mientras meditaba. Zacarías cayó al piso, ante la cortina del santuario, sin vida. Se había terminado el diálogo.
Eso sucedió en el mismo momento en que los cortesanos advirtieron que Herodes estaba sentado en el trono, pero no estaba dormido, también estaba muerto.
Días diferentes, historias parecidas. La Iglesia Católica recuerda este acontecimiento el 28 de diciembre, aunque de acuerdo con los Evangelios, la matanza debería haber sucedido después de la visita de los Reyes Magos a Belén, más o menos dos días después del 6 de enero, aunque el encuentro de los Reyes Magos con Jesús tampoco tiene una fecha exacta en las escrituras.
Tanto la fecha de la Navidad como las otras relacionadas con el nacimiento de Jesús son arbitrarias. Por ejemplo, Juan el Bautista era seis meses mayor que Jesús, por lo tanto se estima que Isabel lo había dado a luz en junio.
La confusión se profundiza al revisar la historia anterior al nacimiento de Jesús. Mateo, el hagiógrafo de Jesús y Juan, no sabía demasiado sobre sus nacimientos.
En aquel tiempo, los judíos veneraban a Moisés como a su salvador, por lo que se supone que el autor de la vida de Jesús extrapoló la leyenda de uno hacia otro.
De la misma manera que Akenatón, un faraón que vivió trece siglos antes que Jesús y había llegado a una conclusión monoteísta y doctrinaria cercana a la que predicó luego Jesús, Isis –la madre de Horus– también era una mujer virgen.
Estos paralelos también se suceden con Moisés y el Día de los Inocentes. Moisés era contemporáneo a Akenatón –aunque no hay fechas ciertas, sino sólo acercamientos–, pero cuando éste muere, el faraón puesto, Ramsés II, ve que los esclavos judíos se reproducen más que su pueblo y además profetizaban que había nacido el salvador del pueblo hebreo.
Con la singular habilidad para la síntesis que se ha demostrado a lo largo de la historia, el faraón manda matar a todos los varones menores de dos años. Entonces, para salvar a Moisés, su madre lo pone en una canasta y lo deja derivar por el Nilo bajo la protección de Dios.
Así salva su vida, evitando la matanza, tal como se reprodujo luego en otro contexto, bajo el reinado de Herodes.
También había pasado los mismo en la India cuando nació el dios Krishna; el rey Kamsa, alertado de que había nacido un niño dios, manda matar a todos los niños inocentes menores de dos años.
Cuántos niños habrían muerto. Flavio Josefo (37 a 101 d.C.), historiador de Judea, no menciona nada de la matanza de los Santos Inocentes, sobre lo cual se dice que no tuvo la importancia que se le dio luego, pues la cantidad de niños asesinados –si es que sucedió– fue muy reducida.
Según el censo que había mandado a realizar el César en Judea, en Belén había sólo 800 pobladores, con una tasa de nacimientos de alrededor de 30 por año.
De esto, los historiadores deducen que la mitad de ellos morían al nacer y los niños restantes, entre varones y mujeres, no eran más de 15, por lo que si existió esta matanza, los Santos Inocentes no fueron más de 10.
Humor negro. El nieto de Herodes, Herodes Agripa II, al cumplir 30 años, en el año 57 d.C., decide que es una buena edad para honrar a su abuelo. Entonces en el día de su cumpleaños, el 28 de diciembre –¡oh, casualidad!–, realiza un homenaje al supuesto genocida, recordando el edicto que promulgaba el asesinato de los varones menores de dos años.
Este reyezuelo era un verdadero degenerado, borracho, lujurioso y amante de un humor sardónico, negro y plagado de bromas pesadas.
Organizó una fiesta que duró una semana, para la cual llegaron altos funcionarios de todos los reinos, y la chusma y los nobles se mezclaron en un bacanal digno de Sodoma y Gomorra.
Durante aquella semana condenó a la muerte y la tortura a todos los que según él merecían esa suerte por haberse atrevido a enfrentar con palabra o acción al Imperio Romano.
Alcoholizado y en estado de total enajenación, habría dado curso a sus órdenes el 28 de diciembre.
La tradición histórica rescata ese evento como el verdadero Día de los Inocentes, pues documentos hallados muchos años después concluyen que los invitados a la fiesta de tan particular anfitrión llevaban un sello imperial que los absolvía de toda culpa y cargo, donde se leía, simplemente, la palabra “inocente”.
Por Gabriel Pandolfo.
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